IX

desde lo alto de esta torre
puedo ver salir el sol,
los cerros hacia el este,
e intuir el mar, trepidante, hacia el otro lado.

desde lo alto de esta torre
constato
que estamos despiertos
una mañana más
— contra todo pronóstico y estimación —
y es extraño no estar agradecido.

desde mi balcón
en lo alto de esta torre
recibo noticias
de los que no despertaron.
recibo el anuncio
de que varios
se quedaron en el camino,
de que varios no superaron
el umbral del crepúsculo,
el peso de la madrugada.
algunos
que ayer estaban
hoy ya no están.
y, sin embargo,
aquí estamos.

¿cómo se verá ese mundo del futuro?
¿de qué color será? ¿cómo sonará?

¿quiénes podremos estar en él?

desde lo alto de esta torre
veo
un mundo que se acaba,
una colección de vidas y muertes
y tránsitos
que ya no llegarán a ningún lado.
entre el mar y los cerros
velamos la pérdida de algo
que no sabíamos bien que estaba,
que no sabíamos bien
que estábamos viendo,
que estábamos siendo,
y ahora, por razones de fuerza mayor,
por decreto de urgencia,
se apaga vertiginosamente como solo pueden
apagarse mundos que se acaban.

¿qué forma tendrá este mundo del futuro?

yo quisiera que ese mundo
fuera más verde,
quizás un tanto menos violento,
quizás un tanto más provisto
de hexágonos.
hexágonos, en la medida de lo posible,
regulares.

pero a mí,
la verdad,
nadie me pregunta por estas cosas.
yo quisiera un mundo así
pero aquí estamos,
sin verde,
sin hexágonos,
sin regularidades.